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Vaya la previa de manifestaciones machistas que hubo en Bolivia antes de que llegara el tan celebrado Día Internacional de la Mujer, el pasado viernes 8 de marzo. Hubo de todo y para el disgusto de todas. Denuncias de agresiones y violencia sicológica y física en el seno familiar, laboral o en la calle, pero además hechos bochornosos protagonizados por autoridades, funcionarios y ex autoridades públicas. Hombres y mujeres, hay que señalar. Estos últimos hechos, muy preocupantes, si consideramos que reflejan cómo piensan las personas que tienen en sus manos el poder de definir políticas públicas, y de ejecutarlas, en pro de alcanzar una verdadera igualdad de derechos entre mujeres y hombres.

Muchos dirán que nada de esto debiera sorprendernos. Al final de cuentas, no es de hoy que se conocen las expresiones machistas no solo del presidente Morales y de muchos de su entorno, sino también del alcalde Fernández, de Santa Cruz, y por supuesto, también de varios de su entorno. La mentalidad misógina está instalada en gran parte de la clase política boliviana, sea que se consideren unos de izquierda y otros de derecha, incluso sea hombre o mujer. Es más. Esa mentalidad está presente en todos los sectores sociales, sin exclusión alguna. Hasta en los medios de comunicación… mirando algunos de ellos, dan ganas incluso de decir “sobre todo” en los medios de comunicación.

Pero una cosa es admitir esa realidad con todo el peso que tiene, y otra muy distinta es el pretender verla apenas de cotiojo, de raspapinchete, como decimos por estos lares. Y ese verla en su real dimensión implica dejar en evidencia las burdas mentiras y vergonzosas verdades a medias que largan con un cinismo vomitivo muchas de esas voces oficiales de turno. Ya no da más para seguir aguantando tanta impostura en un tema tan sensible, el de la apuesta urgente por la igualdad de derechos entre distintos. La igualdad de género. Como quieran llamarle. Una igualdad que no se logrará a punta de estampar firmas en leyes y decretos, ni de publicarlos luego en espacios solicitados o de “adornar” con ellos los discursos oficiales de circunstancias, sino de acciones concretas que pasan, en primer lugar, por la voluntad sincera de cambiar de mentalidad, cambiar la forma de ver y dar valor a las mujeres. Una mirada distinta, insisto, no apenas desde los hombres hacia las mujeres, sino también desde las propias mujeres hacia nosotras mismas.

Hay que enfatizar esto último, pensando sobre todo en lo que está ocurriendo tanto en el entorno presidencial, como en el del municipio cruceño. Las mujeres que hacen parte de esos entornos, sea en calidad de autoridad o funcionarias, no están logrando demandar o exigir de sus superiores el respeto que merecen las mujeres como cualquier ciudadano. Ah, sí… lo han hecho con algún subalterno. Con Loza, en el caso de Evo. O con Jerjes, en el caso de Percy. Pero no se han atrevido a hacerlo directamente con Evo o con Percy. ¿Por qué, porque tal vez sea cierto eso de que “le echamos nomás”, o de que “en el fondo, todos quisiéramos” meterle mano a las mujeres? ¿O porque los jefazos todo lo pueden?

Llega a tal punto el cinismo en esas esferas de poder, que escuchamos exigir a gritos que los de segunda o tercera línea pidan disculpas, mientras hacen la vista gorda frente a sus jefazos. Fue lo que sentí al leer los tuits de varias militantes masistas que criticaron a Loza porque ofreció “miss Chapare” a un ministro, pero callan frente a los dichos machistas de Morales. Fue lo que sentí también al leer el “reproche”, “repudio” y “exigencia de educación y respeto” que hizo la presidenta del Concejo de Santa Cruz a Mujeres Creando, porque protestaron allí con grafitis contra “los viejos verdes machistas y misóginos”, pero consiente los excesos de Fernández.

Terrible mensaje a una población que está necesitada de otra cosa, de buenos referentes, no de doble moral, porque de esta ya está saturada. Basta ver lo que está ocurriendo en los estrados judiciales donde se ventilan los casos de abuso y de violaciones, en su mayoría a mujeres adolescentes y niñas. Basta ver lo que ocurre a nuestro alrededor, en las calles, en nuestros barrios, en el transporte público, en muchos lugares de trabajo, en los colegios, en los centros de recreación, hasta en los propios hogares. Hay una tarea de gran aliento que está pendiente de ser tomada en serio por parte de cada uno de los actores públicos llamados a ser motores del gran cambio. Y esa tarea solo será posible de ser encarada por personas que abracen en serio la lucha por la igualdad entre distintos.