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Tres razones me vienen a la mente: uno, por afinidad ideológica. Ambos son representantes de la patria grande y deben apoyarse para contrarrestar el avance imperial. Y los asesinatos políticos o la gigantesca corrupción entre un largo etcétera de vilezas, ¿son parte de la hermandad ideológica? Parece una broma, pero la respuesta es sí. La montonera de antiimperialistas es enorme. Eso no me inhibe de tener la certeza de que EEUU tiene un interés en el asunto y de que sería una torpeza mayúscula invadir este sufrido país para ‘retirar’ a Maduro. ¡Por favor no lo hagan! Estamos logrando derrotar a esta ‘izquierda’ cleptócrata y genocida sin marines y, con un poco de fortuna, sus mañas quedarán marginadas por algún buen tiempo. Pero si invaden, esta izquierda tendrá gasolina para 20 años. Escucharemos la muletilla “la ambición gringa por el petróleo acorraló al hermano Maduro”.

Dos, por negocios. Se dice que Chávez pagó suculentos montos a las campañas electorales de Tavárez en Uruguay y de AMLO en México, razón por la que los dos prefieren ser “neutrales”. Se dice que las rutas del narcotráfico convierten a Bolivia en proveedora de droga y a la hermana socia en área de tránsito de esta lucrativa mercancía. Y se dice que ingentes cantidades de petróleo han sido regaladas a Cuba y a países de Centroamérica y que oscuros negocios con socios venezolanos han sido clamorosamente alentados (el caso del venezolano Carlos Gill, que compró La Razón y la Ferroviaria Andina, entre otros emprendimientos).

Y tres, por una razón aún más relevante: el autoritarismo se va haciendo global. En la era de la globalización un modelo autoritario liderado por cinco países, China, Rusia, Irán, Arabia Saudita y Venezuela, pretende consolidarse. El politólogo Larry Diamond, en una útil reflexión al respecto titulada El autoritarismo se vuelve global, define tres fases en la historia de la democracia en el planeta: la primera, desde los 70 y se consolidó con la caída del Muro de Berlín. Su resultado fue único e incontrastable: la democracia se expandió de no más de 20 países a principios de los 70 a más de 120 a comienzos del milenio. En ese mismo momento se fue incubando un segundo momento caracterizado por la presencia de gobiernos autoritarios que se sentían avasallados. A decir de la investigación, “tenían vergüenza de ser autoritarios”, lo que los obligó a dos cosas. Por un lado, a ser autoritarios ‘en silencio’. O sea, matando, e intimidando sin hacer mucha bulla, no vaya a ser que se despertara el desdén internacional; y, por otro lado, a empezar a mostrarse ‘buenitos’, haciendo elecciones y dando escuetas libertades. Ello suponía establecer tiranías democráticas, es decir, regímenes autoritarios empeñados en hacer elecciones para legitimarse a cualquier costa.

Sin embargo, de 2000 en adelante, especialmente desde 2010 se gestó una tercera fase: el autoritarismo se hizo global. Ya no tiene vergüenza de ser un régimen tiránico. Todo lo contrario, se enorgullece bajo una premisa común a este tipo de gobiernos: “somos democracias diferentes”. Los chinos dicen “somos una democracia y somos más que eso: somos una civilización”; los iraníes dicen: “somos una democracia pero más que eso: somos hijos de Alá”; o los venezolanos en el poder dicen: “somos democracia pero somos más que eso: somos luchadores antiimperialistas y anticapitalistas”. Bajo ese paraguas ideológico ‘invaden’ tres espacios usualmente dominados por la democracia: el electoral (llevan adelante elecciones como cualquier democracia), el espacio mediático (ya no se dejan ningunear con el discurso del enemigo y crean sus propios medios) y el espacio internacional (dando créditos al mundo, como China y creando instituciones paralelas a las instituciones democráticas por excelencia como ser la OEA, cuya competencia es el CELAC, Unasur o el ALBA que tienen sus propios veedores electorales, entre otros detalles de legitimación).

Esta lógica parte el mundo entre verdaderas democracias y estas pseudo-democracias que quieren seguir dominando sin ser criticadas. Para lograrlo se han inventado un club de autócratas al que todos aquellos regímenes afines se inscriben. Bolivia no es la excepción. De esa manera, aunque parezca infame ver a Evo defender a Maduro, es racional que lo haga. Los autócratas se apoyan. Son hermanos.