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Estamos en el segundo mes de un año con un fuerte acento político. Tendremos una lucha por el poder feroz y sin parangones entre un gobierno afectado por el desgaste, pero que busca alargar su gestión, y opositores que quieren gobernar después de 14 años.

Como en cualquier país que vive un año electoral, la expectativa por lo que puede pasar es grande, pero también la incertidumbre. En ese sentido, es fuerte la corriente de opinión respecto a que muchos inversionistas decidieron esperar la definición electoral para después continuar o no sus proyectos. A propósito de las percepciones y las expectativas ciudadanas y empresariales, que son clave en economía, hay una marcada cautela y hasta temor en ambas partes por el futuro escenario político. Algunos opinan que podría ser mejor que el oficialismo siga otro quinquenio, ya que se imaginan a Evo Morales y a sus seguidores con bloqueos al nuevo presidente para hacer ingobernable al país. Otros creen que, si el MAS continúa, igual se acelerará el deterioro de la economía y de la democracia. Es decir, con Evo o sin Evo en el poder igual tendremos un futuro incierto y complicado.

El deseo prácticamente generalizado es que en este año electoral no se rife la estabilidad para continuar con el crecimiento económico y quien asuma el poder en enero de 2020 debe ser responsable con las finanzas. Precisamente, una de las mayores preocupaciones está relacionada con la fragilidad del modelo y con el posible descarriamiento de los políticos en una campaña que será de las más competitivas de los últimos tiempos. Con el fin de cosechar votos, lo menos que interesa en estos procesos es actuar con mesura, disciplina y responsabilidad.

En este contexto, es deseable que las autoridades del gabinete económico asuman una actitud abierta a escuchar y a atender las preocupaciones de los ciudadanos y empresarios. En el primer caso, hay una tendencia a recortar gastos por la percepción de una desaceleración económica gradual. Al bajar el consumo de bienes y de servicios en los hogares, caen las ventas de las compañías y, por lo tanto, sus utilidades.

En contrapartida, cada año aumentan los costos sociales, sube la presión tributaria a los formales y arrecia la competencia desleal de los informales. Para ser viables, a las empresas no les queda otro camino que entrar a la informalidad o achicar sus estructuras, lo que implica despidos. Con el desempleo en alza, la economía en general sufre. Más alarmante aún son algunas señales en el sistema financiero, como el aumento de la mora, y, lo más delicado, el debilitamiento de la liquidez. Es decir, si no crecen los depósitos a los bancos les puede faltar dinero para prestar.

Estamos en un momento delicado que requiere de acciones políticas responsables, en un año dominado por la campaña. Cualquier error o descuido puede resultar fatal. Hay que dar una primera señal de responsabilidad con la negociación del alza salarial.