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Lo que pase con el gas tiene una enorme incidencia en la economía boliviana, por el peso que tiene en los ingresos por exportaciones. Ha quedado demostrada la repercusión de un bajón del precio internacional del petróleo en las finanzas del Estado, que tiene como problema estructural una extrema dependencia de los sectores extractivos y de las materias primas. No hay aún en Bolivia una economía sólida, sobre todo por la falta de diversificación de la producción. El riesgo de que el crecimiento decaiga está siempre latente, más allá de la reducción de la pobreza y la estabilidad de los últimos años.

Al ser la economía extremadamente dependiente del gas, el Gobierno se ha propuesto consolidar un nivel de reservas que permitan asegurar al menos hasta 2030 los dos únicos mercados con los que se tienen contratos. Ciertamente, la última certificación de reservas permite respirar ahora con algo de tranquilidad, pero se debe insistir en acelerar la inversión pública y privada en la exploración y explotación de campos.

Con la producción asegurada al menos hasta 2030, corresponde que el Gobierno también acelere las negociaciones para la renovación de contratos favorables a Bolivia con Argentina y con Brasil. Aunque parte de la producción está destinada a la creciente demanda nacional, no alcanza para obtener niveles de ingresos clave para el Estado. Lamentablemente, no existe certidumbre a estas alturas respecto a las condiciones de los nuevos contratos con Argentina y con Brasil.

En el caso de los argentinos, es clara la inestabilidad de los últimos meses, en los que se ha registrado un recorte de los volúmenes requeridos, lo que repercute en los ingresos de Bolivia. La crisis en el vecino país también ha aumentado una deuda que tiene con el Gobierno boliviano. Para conseguir estabilidad, el Ministerio de Hidrocarburos propuso en el inicio de una nueva negociación establecer volúmenes fijos de compraventa y ampliar el contrato de 2026 a 2030. Lo deseable también es al menos mantener o mejorar el precio. No está claro aún si Argentina lo aceptará, considerando que dice que tendrá fuentes propias de abastecimiento desde 2022.

Con Brasil, la negociación de un nuevo contrato también se torna compleja, ya que no se hará necesariamente ahora con Petrobras. El componente de un cambio de gobierno radicalmente opuesto al de Evo Morales puede ser otro factor de dificultad.

En este contexto de dos mercados difíciles y hasta inestables, corresponde acelerar las negociaciones con ambos y, sobre todo, abrir nuevos destinos para el gas. Se habla de Paraguay, que tiene una demanda aún pequeña, pero puede ser un auxilio, aunque se necesitarán inversiones en un ducto. Chile siempre fue un mercado atractivo, pero existe una condición histórica por resolver. De todos modos, se requiere de una visión estratégica renovada del negocio para no perder la fuente principal de los ingresos de la economía boliviana.